Arizona
Arizona El viaje por el camino de Havasupí hasta el Gran Cañón; la travesía a nado del Colorado, un río de cieno; la ascensión al peligroso Shimuno, a través de las soledades del Siwash, fueron dos semanas de tremendo esfuerzo que dejaron a Ames sin acémila, hambriento, exhausto y perdido en Utah. No le preocupaba a Ames perderse. Nada le importaba gran cosa. Salvo la muerte, todo le había ocurrido. La muerte y el amor: lo primero, siempre se había apartado de su camino, y lo último, siempre había huido de él. Pero sentía que Nesta había llenado esta necesidad desde que él podía recordar a la hermanita gemela de brillantes cabellos.
Por ninguna región de todo el Oeste que él conociera o que hubiera oído nombrar, podría haber cabalgado con tanto placer como por aquel desolado territorio de purpúreas hondonadas, de tórridos páramos, de alturas brillantemente coloreadas y barridas por los vientos. Si los mormones prosperaban allí, eran en verdad gente maravillosa. Una mirada a la vasta llanura salpicada de matas de salvia, o al cañón lleno de rocas y maleza, o a la inmensa ladera amarilla y desértica que ascendía hasta las rojas cimas, fue suficiente para convencer a Ames de la naturaleza árida de aquel país.