Arizona

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Ames continuó avanzando. Era lo único que podía hacer. Conservó la dirección Norte —con tanta aproximación como le era posible guiándose por el sol—, que le llevaría, a través de un pasto, a la Sierra del Huracán, a menos, pensó, que la galerna se los llevase a él y a su caballo. La cálida ráfaga parecía salir del cañón y, obstruido su paso por la sierra, gemía y rugía con más firmeza sobre el desierto de arena y salvia. No veía hierba bastante para alimentar a una cabra, y llegó el momento en que tuvo que dejar a su inteligente caballo elegir el camino, mientras él se protegía ojos y cara contra el polvo y la candente arena. Sin duda, aquel viento huracanado se levantaba con el sol, aumentaba durante el día y cesaba al atardecer. Era preciso que dejase a su caballo buscar refugio.

Hacia media tarde dejó el caballo la arena por las rocas, y Ames vio que había cruzado un sendero y que, internándose por él, descendía. Pronto le protegieron contra los vientos y el polvo unas paredes bajas. Cambio oportuno. Ames se enjugó la cara húmeda y los ojos doloridos. Otro consuelo siguió pronto: cabalgaba a la sombra.




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