Arizona

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Había entrado en una estrecha y áspera garganta que rápidamente se hacía más ancha y más profunda. Ames descubrió que su caballo seguía huellas frescas en el camino. Desmontó para ver lo que podía deducir de ellas y calculó que, unas horas antes, habían pasado por allí cuatro caballos herrados.

Volvió a montar para seguir internándose con creciente interés por aquel cañón. Ames pensó en los miles de cañones a que había descendido en su vida; ninguno se parecía a aquél. A una milla de la entrada, las paredes tenían mil pies de altura, y un poco más lejos esta altura se había doblado. Además, eran inaccesibles. Quebradas, astilladas, llenas de cavernas y peñascos, interrumpidas a veces y coronadas por colgantes rebordes, por ninguna parte era posible que hombre ni caballo pudiera escalarlas. El suelo era llano, excepto donde llegaban los aludes desprendidos de las murallas. Un cauce seco, de bajas orillas, serpenteaba por el centro de la quebrada. La poca hierba que había estaba quemada por el sol; la salvia había corrido la misma suerte. El único verdor que animaba aquellas rocas abrasadas procedía de los cactos que crecían aquí y allá.

Es invariable que los cañones, aun en el desierto, descienden gradualmente adonde corre el agua y crece la hierba. Ames hubiera buscado esta probabilidad aunque no existieran las huellas de caballo que iba siguiendo.


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