Arizona

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De cuando en cuando su vista penetrante descubría notables señales en los riscos, la mayor parte en la sombra de los rebordes. Una vez el camino pasaba al lado de una caverna en cuyas amarillas paredes había, distintamente estampadas, un número de manos rojas como la sangre. Ames se detuvo.

—¿Estoy soñando? —dijo alarmado.

Se apeó para investigar. Las manos rojas eran de pintura, y quizás habían sido estampadas allí en pasadas centurias por aborígenes o trogloditas. Eran de pequeño tamaño y forma perfecta, con los dedos extendidos. Aquellas manos habían sido sumergidas en pintura roja y apretadas luego contra la pared. ¿Quién las había puesto allí? ¿Qué significaban?

—¡Qué mundo tan curioso!, —soliloquiaba—. Casi tan malo ahora como entonces. Segura que cualquiera sabría entonces lo que quería decir, pero a mí no me dicen nada.

Quizás es una indicación para que me vuelva… Mala suerte la mía, tener siempre muchas manos ensangrentadas ante los ojos. Pero mi conciencia está tranquila.

Ames continuó. Desde aquella caverna, cada pocos metros de la notable quebrada presentaba evidentes señales de habitación prehistórica, jeroglíficos en negro y amarillo, crudas figuras de pájaros, serpientes y animales, entre los cuales reconoció Ames al venado y al oso; paredes lisas en todos los lugares protegidos.


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