Arizona
Arizona —No tiene usted tan mala memoria, Steele —observó Ames—. ¿Pero está usted seguro de una cosa? ¿Creyeron las gentes de Keystone que los guardias salieron sólo lisiados por accidente?
—Claro que lo creyeron asà —repuso Steele, sorprendido.
Ames empujó hacia el fuego con la punta de la bota una astilla a medio quemar. No tenÃa más que decir. El recuerdo del incidente le habÃa divertido, pero le habÃa dejado también un poco pensativa.
Steele se acarició los escasos pelos que le crecÃan sobre la delgada barbilla.
—Arizona Ames, otras cosas te convendrÃan menos que asociarte con nosotros.