Arizona
Arizona Noggin hizo un movimiento nervioso que estremeció el brazo de Ames. Aquel bandido de cara de hurón necesitaba vigilancia.
—Steele, ¿vas a contarle todas nuestras cosas a un forastero? —pregunto.
—No —replicó, irritado, Steele—. Pero me gustarÃa que Ames viniera con nosotros.
—Me opongo. Yo no quiero que venga.
—¿Por qué no?
—Tengo varias razones. La primera es que no conocemos a este hombre.
—Yo le conozco lo bastante para que me guste.
—¿Piensas decirle quiénes somos?
—No somos mejores que él, quizás no seamos siquiera tan buenos.
—Steele, tienes la inteligencia de un niño —rezongó Noggin, furioso—. Quiero decir que si le vas a explicar nuestro negocio.
El jefe se volvió a Ames.
—Arizona, ¿por quién nos has tomado? Dilo, y dilo pronto. Este Noggin es tan listo que me gustarÃa que alguien le bajase los humos —dijo, acalorándose—. Yo te he tomado a ti por un vaquero que se esconde por alguna muerte o robo. Y he debido de acertar, pues tú no lo has negado.