Arizona
Arizona —Cappy, tú no has cambiado —exclamó ella, súbitamente alegre, y le besó, no con la antigua inocente libertad, sino con una cortedad no exenta de calor—. ¡Cuánto me alegro de que estés aquÃ! He pensado en ti todos los dÃas durante un mes. ¿Has llegado hoy? Asà debe de ser, puesto que Rich no lo sabÃa.
—Acabo de llegar, muchacha, y hasta ahora no he sabido lo que era el hogar.
Nesta se cogió del brazo del viejo y, seguidos por el caballo, se dirigieron hacia la cabaña.
—Cappy, necesito ahora un verdadero amigo más que nunca.
—¡Hablas como si no tuvieras ninguno! —repuso Tanner en tono de reproche.
—Y no lo tengo. Ni un solo amigo… a menos que lo seas tú, Cappy.
—No lo creo, Nesta, pero, de todas maneras, puedes contar conmigo.