Arizona
Arizona Ames dedujo de aquellas palabras que Brandeth había decidido entrar en acción. El cocinero los llamó a cenar. Mientras tanto, cerró la noche, negra como la boca de lobo entre las paredes del cañón. Noggin no habló ni durante la comida ni después de ella. Brandeth le hizo en vano una atenta observación, y en cuanto concluyó de cenar salió del campamento y desapareció en la sombra. Este proceder hizo mover a Brandeth la cabeza con aire de duda.
—Ames, ¿puedes siempre volver a encontrar el camino que has seguido? —demandó.
—Si no pudiera me pegaría un tiro.
—¿Podrían cuatro hombres bajar una yeguada al cañón, hacerle atravesar el río a nado y sacarla a la otra orilla?
—¿Cuatro hombres?
—Cuatro he dicho. Yo, tú, Heady y Amos.
—Seguro que podríamos, si los caballos no son salvajes. —Cruzar el río a nado. ¿Eso es muy difícil?
—No es ninguna broma, pero con tiempo de sobra y remontando el cauce para aprovechar la corriente, cosa que yo no hice, se puede lograr.
—¿Estaba muy crecido el Colorado?
—No, y tendía a bajar.
—¿Y de agua y hierba, qué hay?