Arizona
Arizona —Eso es cosa mía.
—Bueno, puedes hacerle compañía a nuestro guía —concluyó sarcásticamente Brandeth.
La última hora de oscuridad había pasado. Una penumbra pálida y opaca llenaba el cañón. Ames montó detrás de Brandeth, que seguía a su guía y a Noggin. Amos cerraba la marcha.
Ames, una vez a caballo y detrás del hombre que deseaba vigilar, mitigó la intensa tensión de sus nervios. La hora no había sonado aún, pero adivinaba que acuella expedición no acabaría en un robo de caballos, sino en una terrible tragedia, en la cual era más que probable que se viera envuelto.
Un olor de aguardiente que llegó a su nariz atestiguaba la costumbre común en tales hombres de fortificar su coraje y aumentar su pasión con falsos estímulos. En la siniestra meditación de Ames se destacó fríamente el hecho de que si estuviera a punto de enfrentarse con un enemigo, el que éste bebiera sería Io mejor que pudiera depararle su fortuna.
Comparada con la de otros muchos encuentros —vaqueros violentos, pistoleros y otros tipos notables que Ames había conocido en sus diez años de vagar por el Oeste—, gente de la calaña de sus actuales compañeros había tratado poca y muy de tarde en tarde. Pero siempre los había dominado con una vista clara, una cabeza firme y un nervio templado como el acero.