Arizona
Arizona —De otro modo, no estaría aquí —murmuró para sí. Bajaron al trote por el cañón, sobre un buen sendero que seguía el cauce del río. El día amaneció nublado y oscuro, con nubes bajas que parecían colgar de las murallas. Pronto se empezó a estrechar el ancho abismo y la luz apenas podía penetrar en las tinieblas, entre sus paredes perpendiculares. La hierba era espesa y gruesa: el agua murmuraba sobre las rocas; entre la salvia se movían los venados. Cuando llegaron a una cerca de postes, Ames recordó su significado y comprendió porqué Brandeth le ordenó a Amos:
—Cierra esa puerta.
Otra vez volvió el cañón a ensancharse en grandes proporciones. Las nubes ocultaban la cúpula de magníficas torres. Heady se apeó del caballo y lo condujo hacia un resbaladizo sendero en la roca. Noggin miró hacia arriba y se dispuso lentamente a seguirle.
—¡Hay que trepar! —dijo Brandeth.