Arizona
Arizona A Ames no le molestaban las cuestas como a Brandeth, según se deducía claramente de su tono. Empezaron a trepar por un sendero en zigzag, rara vez usado, lleno de piedras y de baches, siendo notorio que Brandeth seguía a Noggin pisándole los talones. Cuando Heady se detenía, y lo hacía con frecuencia, todos tenían que hacer lo mismo. Los caballos resoplaban y jadeaban los hombres. Ninguno volvió a hablar durante la hora larga y fatigosa que tardaron en llegar a la cima. Pero, una vez arriba, todos estallaron con más o menos violencia. La contribución de Ames fue de un apasionado encomio para la asombrosa y magnífica escena que apareció ante sus ojos.
Dirigió la vista al Este, donde los rayos rojos del sol, fantásticos y maravillosos, brillaban a través de montones de nubes. El sueño del desierto ondulaba en la distancia, surcado por una línea de luz rojiza, igual en la forma, si no en el color, al reflejo de la luna sobre las aguas. El sol no había conseguido aún aclarar el horizonte y la extraña refulgencia que despedía parecía algo sobrenatural. Las cimas de la serranía del Huracán se hincaban en las tormentosas nubes, que les daban una falsa altura y un efecto peculiar que Ames sólo pudo comparar con la aproximación de un huracán. Un resplandor siniestro de un rojo pálido envolvía las distintas montañas, como un velo irreal y bello.