Arizona
Arizona El trueno retumbaba por el Este, sordo y detonante. Cárdenos relámpagos surcaban la nube purpúrea. Ni un soplo de viento acariciaba la cara sudorosa de los jadeantes viajeros. La atmósfera de la madrugada era húmeda, sofocante y pesada en extremo.
Los jinetes no cambiaron una palabra antes de volver a montar en el borde del cañón. Ames se volvió para mirar el agujero del cual habían salido. Las extrañas luces magnificaban su profundidad y su completa desnudez. Continuaron avanzando y todos los fenómenos de la tormenta y el desierto aumentaron en intensidad. Ames trataba de convencerse de que sólo presenciaba una salida del sol en una región yerma y terrible de la tierra.
Pronto llegaron adonde la llanura del desierto se elevaba en la base de la serranía del Huracán, que se erguía imponente, pero que parecía lejana. Cuando dieron la vuelta a su extremo norte, el sol abrasaba a través de las nubes. Al oeste de la serranía se abría un territorio surcado de cañones, vasto y desolado en aquel momento. El Norte se alejaba ondulante, desarrollando ese desnudo esplendor de la tierra que se llama Utah. A lo lejos se distinguían picos negros, murallas sonrosadas y extensiones sin fin de desiertos que partían de ellas.
De súbito, se dio cuenta Ames de que el guía se había detenida.