Arizona

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Ester entró en el vestíbulo, que era el más nuevo y cómodo de los muchos departamentos en que estaba dividida la casa. Su propia habitación, que compartía con su hermana Gertrudis, contigua al vestíbulo, había sido una pequeña cabaña en la cual se habían abierto dos ventanas. Tenían una tosca chimenea, sobre cuyas amarillas piedras algún cazador habría contado sus pieles de castor. Ester había hecho de carpintero, albañil, decorador y aun otros oficios, en sus incesantes esfuerzos para hacer aquella estancia habitable.

Gertrudis, una niña morena que crecía como una mala hierba, estaba inclinada sobre la costura que se le había encargado. Pocas veces Ester y su hermana tenían otros vestidos que los que ellas mismas se hacían. También confeccionaban la ropa de los chicos. Gertrudis odiaba la costura y por eso oyó desdeñosamente a su hermana cuando le habló de la extraña visita. Ester, mientras se quitaba el polvo y las manchas, hizo examen de conciencia. Algo muy extraordinario había ocurrido que inexplicablemente aceleraba los latidos de su pulso.

No fue por falta de ganas por lo que no vio a Joe hasta la hora de cenar, y entonces el cocinero se le presentó como un enigma. Joe era en extremo locuaz y famoso por sus relatos, pero no pronunció una sola palabra sobre el forastero Arizona Ames.

—¿Cómo está su amigo, Joe? —le preguntó por fin.


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