Arizona

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Allí se sentó en el lecho, ensimismada en un esfuerzo para analizar sus propios sentimientos y olvidar a Fred y sus apuros. Al cabo de un rato volvió al vestíbulo, donde halló sola a Gertrudis.

—¿Has visto a Fred, Gertrudis?

—Sí, hace un rato. Estaba ahí fuera, con la cabeza entre las manos. Le he preguntado si estaba aún enamorado de Biny Wood; me ha dado un grito y se ha marchado.

—Muy bien. A mí no me ha ocurrido eso —replicó Ester, incapaz de resistir la risa—. ¿Has visto a alguien más?

—Sí. Un hombre alto, con botas de montar. Se ha ido al río con Brown. Joe se ha ido también, después.

—¿Si? —gritó Ester con ansiedad, y corrió a mirar por la ventana. Desde allí sólo se veía un pequeño trozo del río. Salió al porche y tampoco pudo percibir al forastero, pero al volverse para mirar el camino, se vio alegremente sorprendida por la figura elevada y familiar de su padre, que se acercaba por él. Corrió a su encuentro, pero al ver su cara desde más cerca, su alegría se trocó en alarma. Sólo una vez le había visto con una expresión igual: fue el día de la muerte de su madre.

—¡Padre! ¿De vuelta por la mañana? ¡Qué alegría! —gritó.


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