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—¡Hola, hija! —replicó él, besándola con cariño y entregándole varios de los paquetes que llevaba—. Para ti y para los niños. ¡Gracias a Dios que os vuelvo a ver!

Su énfasis contuvo a Ester, que le siguió en silencio. Fred había sido el favorito de su padre, y aquello sólo podía significar que le había dado otro disgusto, y, sin duda, grave.

—¡Hola. Gertruditas! —Halstead saludó a su hija menor, y soltó los paquetes que aún le quedaban para tomarla a ella en su lugar. La abrazó fuertemente, levantándola del suelo y ahogando sus gritos de alegría y sus preguntas.

—Sí, te he traído los dulces… Ester los tiene… ¿Dónde están los chicos?

—Creo que en el río —replicó Ester—. ¿Los llamo?

—No hay prisa. ¡Qué mejillas tan sonrosadas tienes! —¿Traes malas noticias, padre?

—¿Qué puedes esperar? —respondió él con burlona ironía—. Vivimos en el Trabajoso. No te preocupes, Ester. Aún saldremos de ello.

—Cuéntame, padre. Yo tengo bastante edad para conocer tus disgustos y compartirlos contigo.


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