Arizona

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—¡Miren la mujercita! —exclamó él alegremente—. Guarda esos paquetes. Tienen el nombre de Gertrudis. Esconde los tuyos y no enredes en los de los chicos. Confieso que he comprado todos los anzuelos y los sedales que había en Yampa. Dile a Joe que el carro está lleno de provisiones. Jed le ayudará a descargarlas. ¿Han vuelto los vaqueros?

—No, desde que tú te fuiste.

—Menos mal. ¿Ha venido Fred?

—Sí, anoche.

—¿Borracho? —preguntó el padre con amargura.

—Dijo que lo había estado —replicó Ester con repugnancia. Luego añadió lealmente—: Esta mañana estaba bien.

Sin más comentario, el padre abrió la puerta de su habitación, que estaba a la derecha de la chimenea, y se encerró en ella. Ester clasificó los numerosos paquetes, abrió alguno de ellos y llevó el precioso contenido a su habitación. Su padre nunca había sido mezquino, pero ¿cuándo, desde que vivían en el Oeste, había comprado con tanta generosidad?

Ester estaba preocupada. Llevó otros paquetes a la cocina, donde encontró a Jed, el carretero, guardando las provisiones.

—¿Dónde está ese cocinero? —preguntó Jed.

—Ha bajado al río con los muchachos. Que le ayude Smith.


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