Arizona
Arizona —No necesito a nadie, señorita. Sólo querÃa darle a Joe su tabaco. Lo dejo aquÃ; usted es testigo.
—Yo respondo de su destino —replicó Ester, riendo.
—¿Cómo están las cosas en Yampa?
—Bastante movidas —dijo Jed con una carcajada—. Demasiado para mÃ.
—¿Movidas? ¿Quiere usted decir que ha habido riñas? —Un par de ellas, de las buenas. Pero me referÃa al juego en casas de Bosomer. Quise entrar yo también, pero no pude. Clive Bannard y su partida están en el pueblo cargados de dinero.
—Mejor para usted, entonces, Jed —replicó Ester. Volvió a su habitación y se dedicó asiduamente a la costura, que esperaba la llegada de algunas cosas de Yampa. Pero su mente trabajaba con la misma actividad que sus dedos, y sus oÃdos escuchaban con atención cuanto ocurrÃa en el vestÃbulo. Oyó a Gertrudis decir a los dos muchachos:
—Aquà tenéis vuestros caramelos. Papá ha traÃdo una escopeta para ti, Ronald, para cuando dejes de hablar mal.
—¡…! Eso es peor que si no la hubiese traÃdo —gritó Ronald.
—Y aquà hay una porción de chismes para Brown.
—¡Chismes! ¿Qué es?
—Dice: «Anzuelos y sedales de Brown».