Arizona

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—¡Chismes! ¡…! ¡Dame eso, mujer! ¡…! Vamos, Ronald, coge tus cosas y ven a enseñárselas a Arizona.

—Pero. Brown, ¿qué importan los caramelos? Tengo la escopeta, pero no la tengo, y, en cambio, ahí hay un millón de dólares en anzuelos y sedales.

—Ven; no seas cobarde. Arizona hará que te den esa escopeta. ¿No lo comprendes? Seguro que a él se la dan.

Salieron corriendo seguidos por la risa de la pequeña hermana, que se dijo a sí mismo:

—Ese Arizona debe de ser un hada.

Y Ester murmuró también para sí:

—¡Hum! ¿Arizona? Acaso… —y sintió un lento esponjamiento del corazón. Podía ser él el hombre con quien había soñado. Pero, no; era demasiado viejo. ¡Y aquella vaga indicación de Joe! Sin embargo, la fascinación por todos los vaqueros nuevos, durante los últimos años, momentos antes de verlos. Había visto a Arizona Ames, un hombre agotado, abatido, con la cara terrosa, de edad incierta, y la ilusión aún persistía. Debía salir al momento a esconderse con él, para que aquélla se desvaneciera.


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