Arizona

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Otras cosas ocurrieron aquella mañana. Ester oyó pasar a los vaqueros de Halstead, a lo cual siguió un largo coloquio en la oficina de su padre. Sintió las voces, a veces altas. No le hizo falta, sin embargo, pues el tono de su padre estaba cargado de tormentas. Ester suspiró. ¿No vivían en el Trabajoso? En aquel momento casi odiaba el país. Pero su resentimiento con las alegres colinas y el alborotado torrente no podían durar mucho.

Por fin entró Gertrudis a decirle que había tocado dos veces la campana anunciando la cena. Ester se apresuró a dejar su trabajo sobre la cama, y se detuvo un momento ante el espejo, conteniendo al instante el vano impuso que la había movido. Cuando pasó a través del vestíbulo y del porche hacia el comedor, tuvo la idea contusa y disparatada de que caminaba al encuentro de su destino. Pero entró fría y tranquila, tarareando una canción. Sólo la familia estaba sentada a la mesa, y su inexplicable sensación de alegría y esperanza sufrió de súbito un decaimiento.

—¿Dónde está el señor Ames? —preguntó al sentarse y ver entrar a Joe.

—Se ha excusado por esta vez, y ha dicho que esperaría a comer conmigo y los vaqueros, señorita Ester —replicó Cabel con un guiño de inteligencia. Una sensación de calor subió a las mejillas de Ester. ¿Qué quería decir?


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