Arizona
Arizona —Patrón, si le dice usted a Ames con lo que tiene que luchar, aquà se quedará. Quisiera convencerle a usted de lo que esto quiere decir. Es nada menos que un acto de la Providencia el que se perdiera en los Flat Tops y, vagando, tropezase con el Trabajoso y acabase aquÃ. Le gustan los niños y ya les ha cobrado cariño a Ronald y a Brown. Debo admitir, sin embargo, que la señorita Ester es un inconveniente, el único. Ames es un hombre tÃmido y raro con las mujeres. Y si hay en el mundo una muchacha más bonita que la señorita Ester, yo no la he visto. Pero, patrón, si hace usted su historia bastante fuerte, diciéndole que su hijo se ha echado a perder y que teme usted ser muerto un dÃa y dejar a su hija sola para luchar con este infierno, Ames no será capaz de marcharse.
—Joe, aunque tú no eres un hombre tÃmido, sà eres un hombre raro —observó Halstead con una carcajada—. Pero me gusta lo que dices y tu interés por mi familia. Seguiré esta vez tu consejo. Mi historia será bastante fuerte, sin necesidad de aumentar la verdad, ya verás.
—¡Muy bien! Entonces, Ames se quedará, y si Clive Bannard y ese Barsh Hansler se atreven a robar siquiera un ternero sin marcar…, bueno, les habrá llegado su hora.
¿Y cómo?