Arizona
Arizona —Ames los matará. Es una mala receta. Pero no quiero que saque usted una impresión equivocada de mi amigo. Cualquier dÃa se puede usted encontrar con un viajero o un vaquero en Yampa que le diga que Arizona Ames es uno de esos famosos pistoleros. No es verdad. Es un poco largo de manos y ha matado a una media docena de individuos, que yo sepa. Pero no tenga mala idea de él.
—¡Me asombras, Cabel! —murmuró Halstead.
—Pues no he hecho más que empezar. Ahora, siga escuchando: esta mañana, Ames bajó al rÃo con los chicos y mientras ellos pescaban se dio un paseo para estirar las piernas y vio a dos hombres en el camino y que su hijo Fred les salÃa al encuentro. Las cosas no le parecen raras a Ames si no lo son. Fred no querÃa, sin duda, que le vieran con aquella gente, y por esta razón, Ames se acercó lo más posible, para verlos bien. Me los ha descrito… Uno de ellos era Barsh Hensler.
—Ya lo habÃa supuesto —contestó con dureza Halstead.