Arizona
Arizona —¡TĂmido! ÂżQuĂ© es lo que habĂa soñado Joe? Aquel hombre parecĂa el más sereno y dueño de sĂ que Ester habĂa conocido en su vida. Pero Joe habĂa dicho que Ames sĂłlo tenĂa miedo a las muchachas bonitas. Era, pues, evidente que a ella no la incluĂa en esta categorĂa.
—Muchas gracias, señor Ames —continuó Ester, con una sonrisa.
Luego, se acercĂł a su padre, que esperaba con un aire de orgullo, mezclado de sorpresa y perplejidad.
—Hija, estás muy guapa, pero no nos hemos reunido aquà para distraernos —dijo.
IrĂa lo mismo a un Consejo de Guerra —replicĂł ella enigmáticamente, y le dio un beso—. Padre, de hoy en adelante, cuando se traten asuntos desagradables en el Trabajoso, quiero estar presente.
—Ya veo que Joe ha hablado contigo —dijo con resignación su padre.
—Joe no ha hecho más que contestar a unas preguntas. No le regañes, pues yo sola hubiera llegado a la misma decisión sin ayuda de nadie.
—Me recuerdas a tu madre —murmuró él—. Ya eres una mujer, Ester… Bueno, buena. ¿Vienen esos vaqueros, Joe?