Arizona

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—No. He insistido, pero Mecklin no ha querido venir. Dice que ya ha dado cuenta de lo que sabe y que no puede añadir más. Stevens parecía preocupado, pero ha afirmado lo mismo.

—Vamos a mi habitación —dijo Halstead, y sin soltar a Ester de la mano, los condujo a una estancia grande que ocupaba toda una cabaña. Era sencilla y tosca, pero habitable. Los intersticios entre los leños habían sido tapados con arcilla; un buen fuego ardía en el hogar de piedras amarillas.

—Siéntese, Ames —continuó—. Y tú también, Joe, aunque no recuerdo haberte visto nunca sentado. —Acercó un viejo sillón para Ester—. Este sillón, como sabes, era de tu abuela. Es casi lo único que me queda de mi antigua casa. Era una mujer muy lista, que nunca se acobardó ante nada, así es que lo más apropiado es que lo ocupes tú mientras te iniciamos como directora de los negocios del Trabajoso, aunque demasiado tarde, me temo. —Se volvió hacia su escritorio—. Yo no puedo hablar sin fumar. ¿Quiere un puro, Ames?

—No sabría qué hacer con él —repuso el vaquero—. Fumo cigarrillos, cuando tengo la suerte de disponer de ellos; viniendo desde los Flat Tops no la he tenido.


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