Arizona
Arizona —¿Para qué? Para los arces y los venados, para cazadores y pescadores, que es lo que se están haciendo mis hijos; para Ester, que ama las flores silvestres.
—SÃ. Me parece que para ellos es muy bueno —replicó Ames, dirigiendo a Ester una sonrisa comprensiva—. Pero me referÃa al ganado.
—¿Y por qué lo cree usted as� —demandó Halstead, quien, sin duda, esperaba que Ames compartiese su opinión y renegase del valle.
—Se quemó hace cuatro o cinco años y…
—Cinco —interrumpió el ranchero—. Un año antes de que yo lo comprase a un individuo llamado Bligh, que tuvo en él ovejas y vacas. Antes que él, sólo cazadores acampaban aquÃ. Bligh prosperaba, pero el fuego le arruinó y yo se lo compré barato.
—Tuvo usted suerte. Bligh habrÃa seguido prosperando si hubiera sabido lo que se hacÃa. El fuego hizo el rancho. La hierba habrá empezado a brotar este año y pasarán muchos antes de que vuelvan a invadirlo los árboles, y eso se puede impedir.
—¡Hum! ¿De manera que tengo un buen rancho?
—Muy bueno. Este Trabajoso le hará a usted rico en menos de cinco años, y en diez doblará su capital.
—Ames, si no lo estuviera mirando a usted y no me hubiera respondido Cabel de su juicio, me reirÃa —exclamó Halstead—. ¡Me reirÃa!