Arizona
Arizona —Seguro. Puede usted reÃrse, de todas maneras. A mà no me importa.
—Ames, he perdido doscientas cabezas de ganado desde que se ha fundido la nieve. Comen alguna hierba venenosa, se hinchan y mueren, El año pasado perdà otras tantas.
—Espuela de caballero. Usted no sabe cómo remediar eso y ha tomado unos buenos vaqueros.
—Espuela de caballero. ¿Qué es eso?
—Yo lo sé, padre —interrumpió Ester—. Es una de las flores silvestres que a mà me gustan tanto.
—Eso es, señorita —confirmó Ames—. Pero para el ganado es una mala medicina… El hecho es, Halstead, que la espuela de caballero ya no es una gran amenaza para los ganaderos. Lo era antes. Ahora sabemos qué hacer con ella. El ganado come esa planta, que forma un gas dentro. Indigestión, creo que se llama. Se hinchan, y si no se les pincha pronto para aliviar la presión del gas, se mueren.
—¡Pincharlos! —murmuró con asombro Halstead.
—SÃ. Se les pincha con un instrumento fino, redondo y largo. Si no ha pasado demasiado tiempo, todos se reponen. Luego, unos cuantos vaqueros buenos pueden acabar en una estación con la espuela de caballero.
—¡Espuela de caballero! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —exclamó Halstead, poniéndose rojo—. Perdona, Ester, si le hago la competencia a Joe.