Arizona

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Pero no renegó en voz alta, aunque, evidentemente, se desahogó del todo. Luego, encendió otro cigarro y añadió:

—¡Soy un ranchero formidable!

—No se moleste demasiado por ello —dijo Ames—. Es usted nuevo en el oficio, y en este Colorado hay muchas malas hierbas y pocos ganaderos buenos.

—Ames, ha acertado usted en lo que Joe ha jurado que acertaría —continuó Halstead, mascando la punta de su cigarro—. Quizá me puede usted iluminar otra vez. Los ladrones me han robado, por lo menos, la mitad de mi ganado. Quinientas cabezas en esta temporada. Cien, últimamente, la semana pasada, según Mecklin. No puedo soportarlo. Otro golpe me arruinará.

—He oído a sus vaqueros hablar de ello —repuso Ames, sin la menor señal de sentimiento en la voz, que hacía un notable contraste con la de Halstead— y deduzco que no es trabajo de cuatreros.

—¡Cuatreros! ¿Y cuál es la diferencia entre cuatreros y ladrones de ganado?

—Hay una diferencia muy grande. Si fuera obra de un cuatrero, tardaría usted en descubrir quién era y cómo operaba, y cuando consiguiera acorralarle… Bien…, entonces lo sabría usted. Pero en el caso de un vulgar ladrón de ganado, lo más probable es que beba en el pueblo con sus vaqueros…


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