Arizona
Arizona —Halstead, he visto al muchacho esta mañana hablando con Hensler al lado del camino. Le he dado a Joe las señas del que discutÃa con su hijo. Seguro que era Hensler. Esta misma mañana, más temprano, estaba yo sentado en el porche observando a Fred, que se paseaba arriba y abajo. Estaba preocupado. La señorita Ester salió y oà muchas cosas que no estaban destinadas a mis oÃdos. Es cosa que me ocurre con frecuencia. Creo que ahora podemos atar cabos. Fred es un muchacho muy joven y nuevo en el Oeste. Ha querido divertirse y se ha excedido. Ha jugado (lo que querÃa de su hermana era dinero) y, sin duda, por ese medio le han inducido a alguna cosa fea. He visto ocurrir esto muchas veces. Pero Fred es honrado en el fondo. PodrÃa echarse a perder si todos ustedes le dejasen, pero aun asÃ, lo dudo. Muchachos con una familia como la suya, la madre que debe de haber tenido, y una hermana como la que tiene, rara vez se pierden definitivamente. Todo lo que Fred necesita es curtirse en esta vida. Apuesto a que Joe opina como yo. ¿Qué te parece, Joe?
—Absolutamente en todo opino como tú —respondió Cabel, y, aunque se dirigÃa a Ames, miraba a Ester.
—Ames, me saca usted de un abismo por los cabellos —exclamó con fervor Halstead.
Ester se levantó impetuosamente.
—Señor Ames, haga lo mismo por mÃ… Pero no me levante usted para dejarme caer otra vez.