Arizona

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En su celo, olvidó el natural tumulto de su pecho y la resolución a que su apuro la había empujado. ¡Qué triste la cara de aquel hombre! Ella se sentía fascinada por la insondable profundidad azul de sus ojos.

—Ustedes son nuevos en estos pequeños detalles de la vida del ranchero —replicó sencillamente él—. Pero yo no veo ninguna causa de inquietud por aquí. Joe les ha enseñado a esos hermosos niños una porción de palabrotas…

—¡Arizona, yo no les he enseñado! —protestó Cabel.

—Pero si le colgasen a él, creo que las olvidarían pronto —continuó Ames sin hacer caso de la interrupción—. Ronald no jura tanto, y lo dejaría pronto si lo dejase Brown.

—¿Quiere usted quedarse a ayudarnos, señor Ames? —rogó Ester con una dulce franqueza, absolutamente involuntaria y extraña a la engañosa fascinación que había provocado.

—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —Halstead se reía golpeando la mesa con un poderoso puño—. Ya lo veo a usted tratando de quitarme de encima esta carga de los ladrones de ganado.

—Seguro; eso es menos que la espuela de caballero —respondió Ames con su inimitable acento.


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