Arizona
Arizona Halstead se levantó de un salto, con la mano extendida, como si la vida y la esperanza flotasen en el aire y pudiera cogerlas con sólo apresurarse. Se acercó a Ames y se enfrentó con él solemnemente.
—Ames, le he dicho una vez que me había usted impresionado y se lo repito ahora. Estoy fracasando aquí; fracasando donde hay grandes oportunidades de prosperar. Yo no lo sabía. Últimamente todo me atormentaba. Mi hijo me parecía un perdido, y yo podía morirme o ser asesinado por alguno de esos bandidos. ¿Qué sería de Ester, de Gertrudis y de los niños? Han llegado a amar este sitio. Todo lo perderían y tendrían que marchare. Dios sabe dónde. Pero si tuviera un hombre como usted, que pudiera enderezar a Fred y proteger a las muchachas y a los chicos, si me ocurriera una desgracia no me revolvería inquieto en mi tumba… ¡Quédese en el Trabajoso!
—Se ponen ustedes en lo peor. Con mucho gusto me detendré en Yampa, de paso, para presentarles mis respetos a Bannard y a Hensler… Pero ahora ya están ustedes bien encaminados y no me necesitan. Aquí Joe…
—Compañero —interrumpió Cabel, que también había dejado su asiento—, a mí me parece una buena idea.