Arizona

Arizona

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Por algo te perdiste y vagaste luego hasta llegar aquí. Le he dicho a la señorita Ester que era un acto de la Providencia y antes le había dicho a Halstead que si conseguía hacerte quedar, sus dificultades habrían acabado.

—Joe, le estás hacienda traición a un amigo a quien debías estar agradecido —dijo sombríamente Ames.

—Ya lo sé, Arizona —continuó Joe, tragando fuerte. Ester se preguntó por qué era para él tan difícil y reprensible pedirle aquello a Ames—. Pero la cuestión tiene otro aspecto. El Trabajoso te necesita. Yo me quedaré con los Halstead todo el resto de mi vida. Las muchachas y los niños lo son todo para mí… Y, Arizona, tú que llevas años, catorce años, rodando por los ranchos, ¿no estás cansado de…? Ya sabes lo que quiero decir.

—¿Cansado? ¡Si pudiera volver a ver el Tonto y a Nesta y a ese muchacho que ha bautizado con mi nombre!

Se alejó para apoyarse contra la ventana. Joe había perdido la armadura de aquel meridional frío y exasperante. Ester vio una negra angustia empañar el fuego azul de sus ojos. ¡Nesta! ¡Una mujer que había bautizado a un hijo con su nombre! Allí estaba su secreto. Ester sintió una quemazón sin nombre en las profundidades de su ser.


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