Arizona
Arizona De pronto vio que Joe le hacÃa señas, que ella entendió al punto, y cruzando la habitación hacia la ventana, puso sobre el brazo de Ames una mano no muy firme.
—También yo se lo ruego. ¿Se quedará usted?
Ames se encaro con ella; la sombra de dolor se habÃa desvanecido de sus ojos.
—¿Qué si me quedaré aquÃ, en el Trabajoso? —preguntó sonriendo.
Entonces fue cuando la emoción le dio a ella coraje, cuando realmente le miró.
—Puede usted cambiar el nombre, si quiere —contestó ella respondiendo a su sonrisa—. ¿Tiene usted compromisos a los que pudiera ser desleal si se quedase?
—Ninguno, señorita Halstead.
—Pero ¿y esa Nesta?… —tartamudeó Ester inconscientemente empujada por el deseo de saber—. Habló usted de una manera extraña.
—Nesta es mi hermana gemela. No la he visto en trece años, pero la última vez que he tenido noticias de ella, hace más de dos años, estaba bien, era feliz y prosperaba.
—¿Su hermana gemela? ¡Tiesta! Me alegro. ¿Hay alguna otra?
—No.
—Entonces quédese con nosotros.