Arizona
Arizona —¿Me lo pide usted… asÃ…, señorita Halstead? —inquirió, inclinándose para estudiar su cara.
—SÃ. Sólo hace una hora que le conozco a usted, pero ¿qué representa el tiempo? Siento… que puedo confiar en usted.
—Niña, yo no merezco tal…
—Yo no soy una niña —interrumpió ella, y, en efecto, empezaba a darse cuenta del misterio y el encanto de la mujer.
—No, no lo es… Pero me gustarÃa que fuera usted de la edad de Ronald… ¿Qué es lo que ese maldito cocinero le ha dicho a usted de mÃ?
—No mucho, aunque yo le he preguntado —replicó Ester, y comprendió que si alguna vez en su vida habÃa de decir la verdad, tenÃa que ser entonces—. Me ha dicho que es usted tÃmido con las muchachas bonitas y que huye usted de ellas; asà es que me he puesto todo lo guapa que he podido (que no ha sido mucho, me parece) y he salido a ver qué ocurrÃa.
—Creo que está usted equivocada en eso de «que no ha sido mucho». ¿Y qué es lo que ha visto usted?
—Que no ha huido usted de mÃ; de modo que debo de ser completamente fea; asà es que, por lo que a su debilidad se refiere, puede usted quedarse sin miedo.
—¡El sinvergüenza! ¡Decirle a usted eso! —rezongó Ames—. Creo que no tengo escape… Pero, desde luego, hay un peligro, señorita Halstead.