Arizona
Arizona —¿Se refiere usted a los ladrones de ganado? —preguntó ella rápidamente.
—Se me habÃa olvidado. —Se volvió, libertándola del encanto azul que parecÃa sujetarla, y dirigió la vista hacia el valle y las colinas—. Si hay un peligro, señorita, no es para usted. Era broma. No hacÃa más que jugar con las palabras, como cualquier otro vaquero; pero creo que me quedo.
—¡Se queda!
—Y soy yo el afortunado. Sólo quisiera que no me tuviera usted que conocer como Arizona Ames.
—¡Se queda! ¡No sé cómo darle las gracias! —Ester se sintió dominada por no supo qué cúmulo de mezcladas emociones. Se dio cuenta de que estaba colgada de su brazo. Aflojó la mano y se volvió hacia su padre, sonriendo a través de sus lágrimas.
La segunda quincena de septiembre habÃa llegado y, con ella, los dÃas ardientes del verano indio.
Ester habÃa subido más que nunca por las laderas del Trabajoso, hecho que estaba en consonancia con la elevación de su espÃritu, y que señalaba más de un cambio en los negocios del rancho Halstead; en este caso particular, demostraba que ya no tenÃa miedo a pasear sola.