Arizona

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—Es increíble, pero es así. Halstead se puso furioso y usó un lenguaje que me acreditaría a mí mismo. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Arizona admitió que era un trato ventajoso que él no merecía y que los dos juntos podían hacer fortuna en este valle; pero añadió: «No puedo». «¿Por qué? ¡……!, ¿no puede usted, si ve las cosas como yo?», aulló Halstead. Arizona se puso un poco pálido y: «Escuche, Halstead (dijo despacio y frío, ya sabe usted cómo habla él): estoy enamorado de su hija y no podré resistirlo mucho tiempo. Me quedaré aquí hasta que le saque a usted de este lío y le ponga en camino de tener un gran éxito; luego, me marcharé. He llevado una vida muy triste y solitaria, y si me quedo aquí mucho más tiempo no valdrá la pena de que viva lo que me quede que vivir, pues me temo que amaría a Ester más que a Nesta, mi hermana gemela y es decir mucho, patrón… Tengo treinta y dos años y una historia de sangre. Ester no podría amarme, aunque usted consintiese, que tampoco puede usted; así es que no hablemos más del asunto».

Ester parecía haberse fundido con la piedra sobre que se sentaba. Pero en su interior se agitaban remolinos, relámpagos y latidos del corazón que retumbaban como truenos en sus oídos. Las flores se cayeron de su regazo sin que lo advirtiese. El amable contacto de la mano de Joe la hizo volver a la realidad.


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