Arizona

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—Entonces ocurrió todo. No puedo decir bien cómo fue. Cuando aquel loco borracho sacó su arma, sonó un estampido horrible. Yo vi aparecer un agujero en medio de la frente de Hensler. Hizo una mueca. Su arma disparó. Yo me quedé paralizado, pero oí los tiros… El último me dio a mí y me derribó. «¡Fuego del infierno!», rugió Ames, y me levantó y me apoyó contra la pared. Si no me hubiese sostenido me hubiera caído, pues pensé que quería matarme. Estaba terrible. Pero me reconoció… Luego vi a aquellos hombres… Hensler, muerto sobre el cajón; Bannard, muerto también, creí entonces; uno, arrastrándose y gritando; otro, corriendo como una gallina coja, y Mecklin quejándose en el porche. Ames había sido tocado una vez, una rozadura en el hombro, que me hizo que le vendase y mientras lo hacía me dijo algunas cosas que recordaré hasta la muerte, y quizá después… Salimos al camino y cuando Jed llegó con el carro volvimos todos a la cabaña. Mecklin se había escapado; Bannard no estaba muerto, pero le faltaba poco. Le cargaron en el carro y nos fuimos a Yampa, donde Ames ha dicho que Hensler y Bannard me habían obligado a robar los ganados de mi padre. Añadió que había habido una pequeña pelea en la cabaña de Harris… Y esto es todo, papá. Parece que Bannard no se morirá, pero tampoco se repondrá en su vida. Cuando esté un poco mejor se lo llevarán a la cárcel.


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