Arizona

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—¡De modo, hijo mío, que Arizona ha salvado tu nombre! —tronó Halstead.

—Sí, papá; me ha salvado —replicó Fred con voz ronca ¡Pero no he sido un ladrón! ¡Por el amor de Dios, no creas eso, papa!

—No lo creo, Fred… ¿Hará de ti un hombre esta lección?

—Lo hará, papá, a menos que Arizona me haya asustado demasiado para que vuelva a serlo.

Ester se arrancó de su asiento y se ocultó en su habitación, con la mente paralizada y un caos de emociones. No se aventuró a salir hasta el oscurecer. Luego, acechando una oportunidad desde el porche, detuvo a Ames, sin preocuparse de que Joe estuviera con él.

En alguna de las espantosas horas transcurridas había pasado por su mente la idea de cuán imposible le sería tocar nunca a aquel monstruo de manos ensangrentadas. Pero cuando se vio frente a él, cuando le habló sin saber de qué, y él la miró con aquellos ojos que siempre tuvieron y siempre tendrían el poder de detener los latidos de su corazón, le cogió de la ropa.

—Sólo quiero saber una cosa —murmuró en voz baja y apresurada.


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