Arizona
Arizona —¿Es verdad eso? —preguntó Tate poniéndose de color púrpura.
—Completamente —afirmó Sam con calor.
—¡Pues hay cosas que no le puedo a usted contar! —exclamó Tate con sombría y maligna significación. Ames saltó como una pantera para colocarse frente a Tate.
—¿Sí? ¡Pero a mí me las dirás, Lee Tate! Y si le has hecho alguna ofensa de palabra o de obra, que el Cielo te valga.
La expresión de Tate cambió rápidamente. Apenas en la intensidad de su asombro y su rabia, tuvo tiempo de percibir una siniestra amenaza, cuando Ames le pegó un terrible puñetazo que le lanzó sobre una mesa, derribándola con botellas y sillas. La sangre manaba de su aplastada nariz.
Ames retrocedió hasta la puerta, la mano a la altura del cinturón, sus magníficos y retadores ojos azules llenos de odio y de desdén. Primero se fijaron en Slink Tate, y, viendo que no intentaba aceptar el reto, incluyeron al boquiabierto juez.
—Jeffries, le voy a esperar al lado de la cárcel —le dijo con frío sarcasmo, y la sonrisa con, que acompañó sus palabras parecía asegurar que el juez no acudiría a la cita.