Arizona

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Todavía duraba el veranillo de San Martín, aunque estaba muy avanzado el mes de noviembre. El viejo cazador no podía substraerse a la influencia de los días tranquilos y azules, al calor del sol, al graznido solitario del cuervo, a la melancólica nota de tordo, a la soledad expectante y soñolienta.

El sábado —el día de la boda de Nesta Ames— amaneció por fin, el más templado, el más purpúreo y bello de aquellos últimos días estivales. Cappy se había imaginado vagamente que nunca llegaría. Aún ahora, cuando se vestía sus mejores galas para ver casar a Nesta, no podía alejar el extraño presentimiento. Había visto una sombra en los ojos de Nesta y aquella sombra se había extendido sobre su conciencia.

Al salir Cappy del desfiladero para tomar el sendero de la casa de los Ames, vio media docena de caballos atados a la sombra de los tres abetos.

El tableteo de los cascos de un caballo al, trote sonó en el camino. Sam Playford apareció en él, destacándose su brillante atavío sobre el fondo verde.

Cappy ensayó un alegre grito de saludo a Sam, pero un alarido penetrante le detuvo en seco.

—¿Qué diablos ocurre? —rezongó el cazador. ¿Podía ser aquello la risa aguda de Mescal? Playford había detenido su caballo. Él también había oído. De súbito, lanzó una exclamación y se arrojó del caballo precipitándose por la rocosa vertiente.


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