Arizona
Arizona —¡Oh, Dios mío!, —gritó Rich, y cayó de bruces, enterrando en el musgo sus manos curtidas y pataleando. Playford se cubrió la cara convulsa con un brazo. Nesta le miró; miró después a Rich y luego a Tanner.
—Es horrible, Cappy —murmuró—. ¡Si al menos me hubiera dejado ahogarme!
—Eso no hubiera resuelto nada —repuso el cazador en voz baja—. Es terrible para los muchachos, pero no para mí.
Rich Ames se estremeció. Luego pareció helarse. Cuando se levantó, Tanner no pudo soportar la vista de su cara.
—Nesta, creo que podría matarte —dijo con una voz singularmente fría y amarga.
—Y yo quisiera que lo hicieras —rompió ella con el primer asomo de pasión—. Así no pesaría sobre mi alma… No puedo vivir. No podría abrirme camino con el niño… No puedo vivir, Rich.
—¡Y por Dios que no vivirás si has tenido tú la culpa!
—Claro que la he tenido. ¡Qué mujer puede ser tan idiota sin tener la culpa! Pero te juro, Rich, que nunca creí que llegaría tan lejos.
—¿Amabas a ese canalla de Tate? —preguntó Rich con voz estridente inclinándose sobre ella con las mandíbulas desencajadas.