Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Súbitamente comprendió que si no se rebelaba, acabaría casándose con uno de estos individuos. Y tal idea produjo en ella una inmensa lasitud, un glacial convencimiento de que aquella vida había perdido su encanto. Sentíase harta de sociedad elegante; harta de individuos atildados, pulcros e imperturbables, cuyo único anhelo parecía ser hacerse gratos a ella; harta de sentirse festejada, admirada, galanteada, perseguida e importunada; harta de la gente, de las casas, del ruido, de la ostentación y del lujo. Y también, ¡hastiada de sí misma!

En las solitarias lejanías y en las frías estrellas de la audaz decoración escenográfica había sorprendido algo que impresionó a su alma. La sensación no fue duradera y no pudo retenerla. Imaginó que fue la valentía misma de la escena lo que la había cautivado; adivinó que el hombre que la pintara debía haber hallado inspiración, alegría, fuerza y serenidad en la ruda Naturaleza. Y por fin comprendió lo que necesitaba: estar sola, meditar largas horas, contemplar horizontes lejanos, silenciosos, crepusculares, observar las estrellas, enfrentarse con su propia alma, conocerse, en fin, a sí misma.




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