Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste A veces, desde lo más recóndito de su alma, surgÃan en singulares momentos vivas intimaciones de una futura rebeldÃa. Recordaba una noche en la ópera cuando al descorrerse la cortina descubrióse una decoración excepcionalmente bien ejecutada…, un dilatado espacio de profunda desolación, extendiéndose hasta lo infinito, bajo un cielo tachonado de estrellas. La sugerencia de vastos yermos de solitaria y rugosa tierra y de una inmensa bóveda celeste, habÃa invadido su alma, inundándola de extraña y dulce paz.
Al cambiarse el decorado desvanecióse en ella este vago y raro sentimiento, y volvió, irritada, la espalda al escenario. Con la vista recorrió las cóncavas hileras de rutilantes palcos que representaban su mundo. Era éste un mundo distinguido y espléndido, compendio de la elegancia, riqueza, cultura, belleza y aristocracia de una nación. Ella, Magdalena Hammond, formaba parte de él. Sonrió, escuchó, habló con quienes ocasionalmente entraron en su palco, dándose cuenta de que ni por un solo instante mostrábase natural, ni era sincera consigo misma. Preguntóse porque aquellas gentes no podÃan ser de otro modo, aunque le habrÃa sido difÃcil precisar cómo hubiera querido que fuesen. Distintos, no hubiesen encajado en aquel marco; probablemente no habrÃan estado allÃ. Con cierta melancolÃa pensó que para satisfacerla les faltaba algo.