Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Mientras aguardaba sentada analizó las diversas causas originarias de la peculiar situación en que se hallaba. El que Magdalena Hammond se encontrase sola, a tan tardías horas, en una mísera estación ferroviaria del Oeste, era en verdad extraordinario.
El año de su presentación en sociedad había tenido mal acabamiento con el oprobio de su hermano y su subsiguiente abandono de la casa paterna. De esa época databa el aire pensativo en ella habitual, y su descontento de la brillante vida que la sociedad le brindaba. El cambio había sido tan gradual, que antes de que ella se diera cuenta era ya permanente. Durante algún tiempo una continua actividad al aire libre —golf, tenis, yachting[1]— evité que el descubrimiento se convirtiese en mórbida introspección; mas llegó un día en que incluso los deportes perdieron su atractivo. Y entonces fue cuando se creyó en realidad enferma de espíritu. Ni el viajar remedió su mal.
Habían sido meses de inquietud, de asombro curiosamente penoso al ver que eran insuficientes su posición, su fortuna, su popularidad. Creyó haber dejado atrás los ensueños y las fantasías de muchacha, para convertirse en una mujer de mundo. Y continuó llevando la misma vida de antes, formando parte de la brillante cohorte, pero sabiendo la verdad…, sabiendo que en su vida de lujo y de molicie no había nada digno de estima.