Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Magdalena Hammond se detuvo, golpeando el suelo con su diminuto pie, y con cierto humorismo comparó su recepción en El Cajón con su llegada al Gran Central. La única ocasión en que recordaba haberse hallado sola como ahora fue cuando perdió el tren y a su doncella en una estación próxima a Versalles, aventura que constituyó una novelesca y deliciosa interrupción en la prescrita rutina de su muy acompañada existencia. Atravesando la pieza se acercó a una ventana y, apartando de su rostro el velo que lo cubría, miró afuera. De momento, sólo pudo vislumbrar algunas luces mortecinas, y éstas aún confusamente. Al acostumbrarse sus ojos a la oscuridad, vio no muy lejos de la ventana a un caballo de magnífica estampa. Más allá, había una plaza desierta, o, si se trataba de una calle, era la más ancha que Magdalena viera en su vida. Las luces procedían de edificios bajos y achatados. Divisó luego las formas imprecisas de varios caballos que permanecían inmóviles y con las cabezas gachas. Por un cristal roto entraba la fresca brisa y con ella un sonido que hirió desagradablemente sus oídos… una discorde mezcla de risas y gritos, y el cadencioso ludir de botas que seguían la violenta música de un gramófono.

«El Oeste se divierte —musitó miss Hammond, apartándose de la ventana—. Y yo, ¿qué hago? Esperaré. Tal vez vuelva pronto el jefe de estación, o venga Alfredo a mi encuentro».


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