Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Entonces germinó en su mente la idea de visitar a su hermano que había partido para el Oeste a probar fortuna con los ganaderos. Casualmente unos amigos estaban en vísperas de marchar a California, y tomó la rápida resolución de hacer el viaje con ellos. Cuando calmosamente anunció este proyecto, su madre prorrumpió en consternadas exclamaciones, y su padre, sobrecogido por el patético recuerdo de la oveja descarriada de la familia, se la quedó mirando con ojos fulgurantes.
—¡Cómo, Magdalena! ¿Quieres volver a ver a ese indómito muchacho?
Y cediendo a la cólera que aún sentía contra su díscolo primogénito, había prohibido el viaje a Magdalena. Abrumada, su madre había perdido su altivo y digno continente. No obstante, Magdalena, dando muestras de una voluntad cuya firmeza hasta entonces ignoró ella misma, se mantuvo tenaz, resuelta, llegando incluso a recordarles a sus padres que tenía veinticuatro años y era, por tanto, dueña de sus actos. Al fin su voluntad se impuso, y ello sin haberse visto obligada a descubrir su verdadero estado de ánimo.
La resolución de visitar a su hermano fue tomada y puesta en práctica con tal premura, que ante la imposibilidad de participársela por carta, le telegrafió desde Nueva York, y luego, desde Chicago, donde una repentina indisposición detuvo a sus compañeros de viaje.