Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Mientras consumían la frugal colación, el breve crepúsculo se desvaneció y las tinieblas invadieron las hondonadas. Magdalena vio la primera estrella, un tenue y parpadeante punto luminoso. El cielo, de un gris brumoso despejóse gradualmente al oscurecer, mostrando nuevas y débiles estrellas. Después, a medida que se acentuaba el tono gríseo, se fue acentuando también el brillo y la magnitud de los astros. La noche llegó, levantándose un frío viento. Magdalena sentíase contenta de poder arrebujarse en las mantas y recostarse sobre Florencia. Las quebradas eran ya núcleos de negrura y las crestas de los cerros albeaban pálidas en la suave penumbra. El sosegado paso de los caballos proseguía, acompañando el traquido de las ruedas y el crujir de la grava. El sueño ganó tan por completo a Magdalena que le fue imposible mantener los ojos abiertos. En ciertos instantes llegó a perder toda noción del sitio donde estaba, hasta que una sacudida del vehículo la hizo despertar. Luego siguió un intervalo de modorra, corto o largo, del que la sacó un violento bandazo del faetón. Abrió los ojos, hallándose con la cabeza inclinada sobre el hombro de Florencia. Se incorporó riendo y excusándose por su pereza. Florencia le anunció que estaban a punto de llegar al rancho.