Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena observó que los caballos habían reanudado su trote. El aire era más frío, la noche más oscura, los cerros menos elevados, y en el cielo, de un magnífico y aterciopelado azul, refulgían millares de estrellas, algunas maravillosas. ¡Qué insólitamente blancas y vívidas! Magdalena sintió de nuevo invadida su mente por familiares y desconcertantes asociaciones. Aquellos blancos astros la atraían extrañamente o, mejor dicho, la obsesionaban.