Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste El viejo ganadero continuó hablando, mientras Magdalena le escuchaba con sostenido interés. Y Florencia dormitaba en su asiento, y el sol iba hacia su ocaso, y los caballos trepaban sin cesar. Llegados al pie de una empinada cuesta, Stillwell se apeó, cogiendo al tronco por la brida para facilitar la ascensión. Durante la larga subida el cansancio rindió a Magdalena, forzándola a cerrar los ojos. Cuando volvió a abrirlos, el cielo había cambiado sus tonalidades blancas por otras de acerado azul, y el sol, trasponiendo los cerros, no caldeaba ya la atmósfera cuya frescura se dejaba sentir vivamente. Stillwell había vuelto a ocupar el pescante y azuzaba a los caballos. En las oquedades y macizos comenzaban a extenderse las sombras.
—Flo —dijo Stillwell—, opino que deberíamos rematar lo que resta del almuerzo antes de que anochezca.
—No dejó usted gran cosa —rió Florencia, sacando el cesto de debajo del asiento.