Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste »Pero a mí me gusta más la definición que me dio una señora, una dama educada como usted, señorita Majestad. Me dijo que era la “tierra de la tarde perpetua”. Me gusto mucho la frase. Yo mismo, me levanto por las mañanas gruñón como un oso, y no me siento bien hasta el mediodía. Por la tarde me voy animando y tomándole gusto a las cosas. El crepúsculo es mi hora. No ansío nada mejor que una puesta de sol en mi rancho. Tiene usted enfrente un valle que se extiende amplísimo entre las montañas de Guadalupe y las Chiricahuas, cruzando el rojo desierto de Arizona hasta las Sierras Madres en Méjico. ¡Doscientas millas, señorita Majestad! ¡Y todo tan diáfano como el cristal! ¡Y el sol se pone detrás de todo eso! Cuando me llegue la hora, desearía morir en mi porche, con la pipa en los labios y de cara al Oeste.