Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Sus miradas volvieron a posarse en el crepitante fuego, contemplando sus movedizas llamaradas, mientras cobraba coraje para levantarse. Cuando deslizó los desnudos pies sobre las losas del piso fue para meterlos inmediatamente entre el suave calor de las mantas. Y seguía aún acostada tratando de cobrar más coraje, cuando Florencia, con una llamada en la puerta y un alegre saludo, entró trayendo agua caliente.
—Buenos días, señorita Hammond. ¿Ha dormido usted bien? Anoche llegó rendida. Supongo que hallará este vetusto rancho tan destartalado y frío como un granero. Pronto se caldeará. Al ha marchado con Bill y los muchachos. En cuanto llegue su equipaje, iremos a caballo por la pampa.
Florencia vestía una blusa de lana con una bufanda o chal al cuello, falda abierta de pana y botas de montar. Sin dejar de hablar, atizo enérgicamente los leños de la chimenea, dispuso la ropa de Magdalena al pie de la cama y calentó una alfombrilla que luego puso junto al lecho. Finalmente, con una franca y directa sonrisa, dijo:
—Al me previno que no estaba usted acostumbrada a viajar sin su doncella. ¿Quiere que la ayude?
—Mil gracias. Me propongo valerme de mí misma una temporada. Supongo que debo parecerle desvalida, pero en realidad no me siento así. Tal vez he abusado un poco en eso de la servidumbre.