Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Le costará un poco acostumbrarse a las alturas y a tener que abarcar tanto con la vista —afirmó Florencia—. Ahí está el secreto. Estamos a considerable altura, el aire es diáfano y tenemos un mundo a nuestros pies. ¿No lo encuentra sosegado? Ya lo irá notando. Fíjese en esos puntos del valle. Son estaciones pequeñas, pueblecillos. La línea férrea sigue ese trazado. El punto mayor es Chiricahua. Dista unas cuarenta millas por carretera. Al Norte puede distinguir el rancho de don Carlos. No está más que a quince millas, pero ojalá estuviese a quince mil. El manchón verde y cuadrado a mitad del camino es el rancho de Al. Y debajo de nosotras están las casas de adobe de los mejicanos. También hay una iglesia. Y a la izquierda están los corrales y alojamientos de Stillwell y sus cuadras, medio en ruinas. El rancho va desmoronándose, como todos los de por aquí, aunque la mayoría son explotaciones de poca importancia. Y, ¿ve usted aquella nube de polvo en el valle? Es el rodeo. Allí están los muchachos con el ganado. Espere, traeré los gemelos.

Con la ayuda de ellos, Magdalena vio en primer término una gran manada de ganado, formando densas y oscuras columnas y punteadas hileras de reses dirigidas en todas direcciones. Vio líneas y nubes de polvo y caballos al galope, y un grupo de caballos que pacían tranquilamente. Diviso a los cowboys, quietos como centinelas los unos, y en movimiento los otros.


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